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A 50 años del debut de Maradona: la tarde que comenzó a cambiar el fútbol para siempre

Redacción 20/10/2026
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Cincuenta años después, aquel instante conserva la frescura de las cosas que parecen destinadas a durar para siempre.

Contents
Un chico, una familia y un sueñoLa noticia que hizo llorar a FioritoEl caño que anunció al genioEl sueño de comprarles una casa a sus padresDe Argentinos al mundoCincuenta años después, la pelota sigue rodando

Un chico, una familia y un sueño

Antes de convertirse en Maradona, Diego había sido simplemente un pibe que quería jugar al fútbol y sacar a su familia adelante. Su historia estaba lejos de los contratos millonarios, los estadios repletos y la fama internacional que llegarían después. Había comenzado entre potreros, entrenamientos, viajes en colectivo y una familia que acompañaba cada uno de sus pasos.

A fines de 1973, cuando tenía apenas 13 años, ya deslumbraba con Los Cebollitas, el equipo infantil de Argentinos Juniors dirigido por Francisco Cornejo. Su habilidad llamaba la atención en los torneos juveniles y sus exhibiciones en los entretiempos empezaban a despertar la curiosidad del público. También había pasado por la televisión, donde sus jueguitos sorprendían a los espectadores de los programas de Pipo Mancera.

Todavía era un chico. Uno que podía equivocarse, perder un partido y fallar un penal, como le ocurrió en los Juegos Evita de 1973. Pero su talento tenía algo diferente: cada vez que entraba en contacto con la pelota, parecía capaz de inventar una solución que nadie había imaginado.

En Argentinos Juniors sabían que tenían algo extraordinario entre manos. Francisco Cornejo, que había acompañado su formación desde las inferiores, temía que los rivales lo lastimaran y prefería llevarlo de a poco. El técnico de Primera, Juan Carlos Montes, en cambio, estaba convencido de que había llegado el momento de probarlo. La decisión cambiaría la historia.

La noticia que hizo llorar a Fiorito

El debut pudo haber llegado algunas semanas antes. Maradona ya deslumbraba en los entrenamientos de Primera, pero una sanción disciplinaria recibida después de un partido de inferiores retrasó su estreno.

Finalmente, el martes 19 de octubre de 1976, durante una práctica en Comunicaciones, Montes se acercó al juvenil y le comunicó que al día siguiente iría al banco de suplentes. Después le dio la noticia que Diego llevaba tanto tiempo esperando: iba a entrar.

Maradona contó años más tarde que salió corriendo para avisarles a sus padres. Quería compartir con ellos ese instante que había imaginado tantas veces.

“A los dos segundos ya lo sabía todo Fiorito”, recordaría en sus memorias.

Su primo Beto, uno de los seres más queridos de su vida, se largó a llorar cuando se enteró. Diego nunca olvidó aquella reacción. En ese llanto comprendió que algo grande estaba por ocurrir.

Diego Maradona, cuando era "Cebollita" en Argentinos  Juniors. 

Diego Maradona, cuando era “Cebollita” en Argentinos Juniors.

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Sin embargo, había un problema: era miércoles y Don Diego tenía que trabajar. El padre de Maradona no quería perderse aquel momento. Pidió permiso para salir antes, con el compromiso de recuperar las horas al día siguiente. Y llegó a tiempo.

Antes de que Diego saliera a la cancha, alguien se acercó al vestuario para avisarle que su papá ya estaba en la tribuna. Ese detalle, mínimo frente a la dimensión que alcanzaría la carrera del Diez, resume buena parte de la historia. Detrás del futbolista que después llenaría estadios en todo el mundo estaban sus padres, sus hermanos y una familia que había acompañado cada paso de su crecimiento.

La Tota, su madre, también había sido protagonista de aquella jornada. Antes de salir de su casa, le había dicho que rezaría por él.

En aquella tarde todavía no había contratos millonarios, autos de lujo ni presentaciones multitudinarias. Había un chico que pensaba en los premios que podía recibir por jugar y que, quizás, le alcanzaran para comprarse otro pantalón.

El sueño era mucho más sencillo que la leyenda que estaba por nacer.

El caño que anunció al genio

Argentinos Juniors no atravesaba su mejor momento. En el Metropolitano de 1976 había tenido que luchar para conservar la categoría y el Nacional aparecía como una oportunidad para probar jugadores jóvenes.

Talleres, en cambio, llegaba en levantada y contaba con un equipo poderoso. Entre sus futbolistas estaban Luis Galván, Miguel Oviedo y José Daniel Valencia, quienes dos años después serían campeones del mundo con la Selección argentina.

El primer tiempo fue parejo, aunque con una leve superioridad cordobesa. A los 33 minutos, el Hacha Ludueña marcó el 1-0. Argentinos necesitaba una reacción y Montes decidió apostar por aquel chico al que había visto hacer cosas extraordinarias durante los entrenamientos.

Diego ingresó por Rubén Giacobetti para disputar el segundo tiempo. El técnico no necesitó darle demasiadas instrucciones. Le pidió que jugara como sabía y, según recordaría Maradona, le dejó una indicación que parecía una invitación a divertirse: si podía, que tirara un caño.

La respuesta llegó enseguida. “Recibí la pelota de espaldas a mi marcador, que era Juan Domingo Patricio Cabrera, le amagué y le tiré la pelota entre las piernas; pasó limpita y enseguida escuché el olé de la gente, como una bienvenida”, contó Diego.

Cabrera, lejos de tomarlo como una humillación, recordaría durante años aquella jugada con orgullo. Le había tocado ser el primer defensor en sufrir públicamente una de las marcas registradas del futbolista más extraordinario de su generación.

Una tarde primaveral del 20 de octubre de 1976, en La Paternal, debutaba Diego Armando Maradona en Argentinos Juniors.

Una tarde primaveral del 20 de octubre de 1976, en La Paternal, debutaba Diego Armando Maradona en Argentinos Juniors.

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El partido terminó 1-0. Argentinos no pudo empatar y Talleres se llevó los puntos. Pero el chico de la camiseta número 16 había cumplido su primera misión: demostrar que podía jugar en Primera sin dejar de ser el mismo que maravillaba en las inferiores.

Los diarios de la época destacaron su ingreso y la mejoría del equipo. La prensa todavía no podía imaginar todo lo que vendría. Pero algo había quedado claro: aquel chico no había llegado a Primera para pasar inadvertido.

El sueño de comprarles una casa a sus padres

Mucho antes de convertirse en una figura mundial, Maradona tenía un objetivo que estaba por encima de cualquier lujo: comprarles una casa a sus padres.

Con la firma de su contrato profesional, Argentinos Juniors le alquiló una vivienda a la familia en la calle Argerich. La posibilidad de vivir mejor empezaba a dejar de ser una ilusión lejana.

En 1979, después de conquistar el Mundial juvenil de Japón con la Selección argentina, Diego pudo comprar la casa de la calle Lascano, en Villa Devoto, que con el tiempo se convertiría en un espacio de memoria.

La vivienda representaba mucho más que una propiedad. Era la prueba de que aquel chico que había crecido en Villa Fiorito podía transformar su talento en una oportunidad para los suyos.

En sus primeros cumpleaños, la casa se llenaba de familiares. Estaban sus padres, sus hermanas, sus hermanos y Jorge Cyterszpiler, su amigo y representante desde los primeros años. La Tota siempre estaba pendiente de los detalles y la familia conservaba la intimidad de aquellos tiempos en los que Diego todavía era, para los suyos, simplemente Pelusa.

Con el correr de los años llegarían otros escenarios, otras ciudades y celebraciones cada vez más grandes. Pero la esencia de aquel chico seguía ligada a sus orígenes: el fútbol como una forma de salir adelante y la familia como el lugar al que siempre pertenecía.

De Argentinos al mundo

Después de aquel debut frente a Talleres, Maradona siguió ingresando desde el banco. La idea de llevarlo de a poco duró poco: su talento terminó imponiéndose y, antes de finalizar el torneo, ya era titular indiscutido.

En Argentinos Juniors encontró el escenario ideal para desplegar su fútbol. Allí disputó 166 partidos y convirtió 116 goles, una marca que todavía representa su mayor registro goleador con un mismo club.

Fue el comienzo de una carrera que lo llevaría a Boca, Barcelona, Napoli, Sevilla y Newell’s Old Boys, además de su regreso al club de la Ribera. En el camino llegaron la consagración mundial con la Selección argentina, la conquista de México 1986 y una relación extraordinaria con los hinchas de Nápoles, que lo adoptaron como uno de los suyos.

Pero el recuerdo de sus primeros años tiene una magia particular. Era el Diego juvenil, el que gambeteaba rivales en canchas difíciles, se levantaba después de las patadas y volvía a pedir la pelota. El que parecía jugar con una alegría imposible de contener.

En Nápoles alcanzó una dimensión que superó el deporte. En México tocó el cielo con las manos. En Argentina se convirtió en un símbolo que atraviesa generaciones.

También llegaron las contradicciones, los problemas personales y el peso de una fama que pocas personas podrían haber soportado sin dificultades. Su vida estuvo marcada por las luces y las sombras, pero ninguna de ellas logró borrar lo que hacía con una pelota en los pies.

Cincuenta años después, la pelota sigue rodando

El 25 de noviembre de 2020, cuando Diego murió, el mundo perdió a una de sus figuras deportivas más importantes. Las imágenes de su carrera volvieron a las pantallas, los estadios le rindieron homenaje y millones de personas compartieron recuerdos de un futbolista que había dejado de pertenecer solamente al fútbol argentino.

Pero para entender a Maradona no hace falta empezar por sus títulos ni por sus hazañas más famosas. A veces alcanza con volver a aquella tarde de octubre de 1976.

Un chico de 15 años esperaba su oportunidad en el banco de suplentes. Su padre había pedido permiso en el trabajo para verlo. Su madre rezaba por él. En Villa Fiorito, familiares y vecinos aguardaban noticias. Y en La Paternal, miles de espectadores estaban a punto de descubrir que el fútbol podía ofrecer algo diferente.

Diego todavía no era campeón del mundo. No había conquistado Nápoles ni levantado la Copa en México. Tampoco podía imaginar que, décadas después, su nombre sería pronunciado con emoción en los rincones más remotos del planeta.

Era apenas un chico que quería jugar al fútbol, hacer felices a sus padres y demostrar que los sueños podían cumplirse.

Su primera pelota en Primera fue un caño. Su primer partido terminó en derrota, pero aquella tarde comenzó una historia que ninguna estadística puede resumir.

Cincuenta años después, aquel chico sigue corriendo detrás de la pelota en la memoria colectiva, son los rulos al viento y la gambeta intacta.

Ambito.-

TAGGED: Argentinos Juniors, Diego Maradona, Nacional, Talleres
Redacción 20/10/2026
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