
Irán atraviesa uno de los momentos más críticos de los últimos años. Las protestas contra el régimen islámico se intensificaron en las últimas dos semanas y ya dejaron al menos 538 muertos y más de 10.000 personas detenidas, según organizaciones de derechos humanos.
De forma paralela, el conflicto interno adquirió una dimensión internacional: Estados Unidos evalúa distintos escenarios de intervención, mientras Teherán amenaza con represalias militares si se concreta cualquier acción externa.
La crisis representa el mayor desafío para el liderazgo del ayatolá Alí Jamenei desde las protestas de 2022 y expone una combinación explosiva de malestar social, deterioro económico y aislamiento político.
Según datos de la Human Rights Activists News Agency (HRANA), con sede en Estados Unidos, se logró verificar la muerte de 490 manifestantes y 48 agentes de seguridad, además de más de 10.600 arrestos en todo el país. Las cifras podrían ser aún mayores, ya que el Gobierno iraní no difundió hasta el momento datos oficiales y mantiene severas restricciones informativas.
La televisión estatal difundió imágenes de decenas de bolsas mortuorias frente a la oficina forense de Teherán, aunque atribuyó las muertes a supuestos “ataques terroristas armados”, una versión que contradice los reportes de activistas y organizaciones independientes.
Las manifestaciones comenzaron el pasado 28 de diciembre, impulsadas por el aumento del costo de vida, la inflación persistente y la fuerte depreciación del rial (moneda iraní). Sin embargo, rápidamente derivaron en consignas políticas directas contra el régimen clerical, que gobierna el país desde la Revolución Islámica de 1979.
Videos difundidos en redes sociales -previo al apagón informativo que existe por estas horas- mostraron multitudes nocturnas en Teherán y otras ciudades, con incendios, barricadas y enfrentamientos con fuerzas de seguridad. En ciudades como Mashhad, al noreste del país, se registraron escenas de extrema violencia urbana.
Desde hace más de 96 horas, gran parte del país permanece sin conexión a internet ni cobertura telefónica, una medida que el Gobierno justifica por razones de seguridad nacional. Para analistas internacionales, el apagón busca dificultar la organización de las protestas y limitar la difusión de imágenes al exterior.

El canciller iraní, Abás Araqchi, aseguró que la situación “está bajo control” y prometió que el servicio de internet se restablecerá “pronto”, aunque sin precisar fechas.
Araqchi y otros altos funcionarios sostienen que las protestas no son espontáneas. Según el ministro, se trata de una “guerra terrorista” impulsada por Estados Unidos e Israel, con grupos armados infiltrados para desestabilizar al país.
El Gobierno iraní afirma contar con imágenes, confesiones y pruebas que demostrarían la distribución de armas entre los manifestantes y promete difundirlas en los próximos días. Además, asegura que el 70% de la población atribuye las protestas a factores externos, frente a un 30% que las vincula a causas económicas.
La crisis interna coincidió con un endurecimiento del discurso internacional. Según medios estadounidenses, el presidente Donald Trump analiza un abanico de opciones que incluyen ataques militares, operaciones cibernéticas, ampliación de sanciones y apoyo digital a sectores opositores.
El presidente del Parlamento iraní, Mohammad Baqer Qalibaf, respondió con una advertencia directa: cualquier ataque contra Irán convertiría en “objetivos legítimos” a Israel y a las bases militares estadounidenses en la región.
Pese al tono confrontativo, Trump afirmó ayer domingo que líderes iraníes lo contactaron con intenciones de “negociar”, aunque hasta el momento no se confirmó la apertura de un canal formal de diálogo.
Ante este panorama, Irán se encuentra en una encrucijada. Mientras el régimen refuerza la represión y endurece su discurso, el malestar social no cede y la presión internacional aumenta. La combinación de crisis económica, violencia interna y tensión geopolítica configura un escenario altamente inestable, con consecuencias potenciales para toda Medio Oriente.
El desenlace sigue abierto: desde una eventual negociación diplomática hasta una escalada regional de consecuencias imprevisibles. Lo cierto es que, por ahora, Irán vive sus horas más oscuras en años.
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