Mohamed Atta y otros integrantes del comando llegaron al país, aprendieron a pilotar, estudiaron vuelos y aeropuertos y organizaron una operación que dejó 2.977 muertos.
El 11 de septiembre de 2001, cuatro aviones comerciales fueron secuestrados y convertidos en armas en uno de los atentados terroristas más impactantes de la historia. Pero el ataque que paralizó a Estados Unidos y dejó 2.977 muertos no comenzó aquella mañana: se había preparado durante meses, en buena medida, dentro del propio territorio norteamericano.
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Los 19 integrantes del comando de Al-Qaeda viajaron, abrieron cuentas bancarias, alquilaron autos y se movieron por distintas ciudades sin despertar sospechas. Los hombres que luego tomarían los controles de los aviones se entrenaron en escuelas de aviación, obtuvieron licencias y utilizaron simuladores para familiarizarse con aeronaves de gran porte.
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Mohamed Atta y la formación de los pilotos
Mohamed Atta, considerado el jefe operativo del grupo, llegó a Estados Unidos en junio de 2000. Su objetivo era aprender a volar. Se instaló en Florida, pasó por diferentes escuelas de aviación y avanzó en su formación junto con Marwan al-Shehhi y Ziad Jarrah, integrantes de la denominada célula de Hamburgo.
El 11 de septiembre de 2001, cuatro aviones comerciales fueron secuestrados y convertidos en armas en uno de los atentados terroristas más impactantes de la historia. Pero el ataque que paralizó a Estados Unidos y dejó 2.977 muertos no comenzó aquella mañana: se había preparado durante meses, en buena medida, dentro del propio territorio norteamericano.
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Los 19 integrantes del comando de Al-Qaeda viajaron, abrieron cuentas bancarias, alquilaron autos y se movieron por distintas ciudades sin despertar sospechas. Los hombres que luego tomarían los controles de los aviones se entrenaron en escuelas de aviación, obtuvieron licencias y utilizaron simuladores para familiarizarse con aeronaves de gran porte.
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Mohamed Atta y la formación de los pilotos
Una operación de hasta u$s500.000Viajes, aeropuertos y vuelos de reconocimientoLa mañana que cambió a Estados UnidosHani Hanjour, otro de los pilotos del grupo, ya tenía experiencia previa en Estados Unidos y había conseguido una licencia comercial años antes. Esa formación fue una pieza central del plan: cuatro de los terroristas quedaron a cargo de pilotar los aviones que serían utilizados en los ataques contra Nueva York y Washington.
Una operación de hasta u$s500.000
La sofisticación del ataque no estuvo vinculada a un enorme despliegue de recursos. Según las estimaciones de la Comisión que investigó los atentados, Al-Qaeda destinó entre u$s400.000 y u$s500.000 para financiar la preparación y ejecución de la operación.
Parte del dinero llegó a Estados Unidos mediante transferencias y efectivo. Solo durante 2000, más de US$100.000 fueron enviados desde Dubái a Mohamed Atta y Marwan al-Shehhi para financiar actividades vinculadas con el operativo y su entrenamiento. Los movimientos circularon por el sistema financiero sin activar las alertas que, después de los ataques, pasarían a ocupar un lugar central en la estrategia antiterrorista estadounidense.
Viajes, aeropuertos y vuelos de reconocimiento
La etapa final del plan también incluyó viajes en aviones comerciales para estudiar los procedimientos de seguridad y comprobar qué objetos podían ingresar a bordo. Los terroristas eligieron vuelos transcontinentales, que despegaban con una gran cantidad de combustible, un factor decisivo para maximizar el impacto de los ataques.
Durante el verano de 2001, Atta coordinó la llegada de los integrantes del comando, la formación de los equipos y la elección de los vuelos. Los 19 pasajes para el 11 de septiembre fueron comprados entre fines de agosto y los primeros días de septiembre. Para entonces, la operación ya estaba prácticamente definida.
La mañana que cambió a Estados Unidos
A las 8.46 del 11 de septiembre, Mohamed Atta estrelló el vuelo American Airlines 11 contra la Torre Norte del World Trade Center. Minutos más tarde, un segundo avión impactó contra la Torre Sur, ante las cámaras de televisión que transmitían en vivo lo que ocurría en Nueva York.
Otro avión fue dirigido contra el Pentágono. El cuarto, el United Airlines 93, cayó en Pensilvania después de que pasajeros y tripulantes intentaran recuperar el control de la aeronave. La investigación posterior determinó que sus posibles objetivos eran la Casa Blanca o el Capitolio.
Los atentados dejaron 2.977 víctimas y transformaron la política exterior, la seguridad y el sistema de inteligencia de Estados Unidos. También expusieron una falla que marcaría el debate de las décadas siguientes: un ataque preparado durante años había logrado desarrollarse, en gran medida, a plena vista y dentro de las fronteras del país que finalmente sería su principal objetivo.